Si la primera jornada de En Órbita 2026 se movió entre la psicodelia, el post-punk y las texturas más experimentales, el segundo día encontró su centro en otro lugar: el indie melódico. El viernes 25 de septiembre, nuevamente en el Centro de Eventos Basel, el festival continuó desplegando una curatoría que se ha convertido en parte fundamental de su identidad: reunir en Santiago a artistas que tienen un lugar importante dentro de la música independiente, aunque no necesariamente formen parte del circuito más masivo.
Esa es, quizás, una de las particularidades más interesantes de En Órbita. Su cartel no parece construirse únicamente desde la popularidad inmediata, sino desde la trayectoria, la influencia y la capacidad de determinados artistas para haber construido un lenguaje propio. Son bandas que cuentan con seguidores y reconocimiento dentro de sus escenas, pero que no necesariamente aparecen en los grandes circuitos de las productoras que dominan la agenda de conciertos. En Órbita se mueve justamente ahí: en ese territorio donde la relevancia musical puede ser mucho más grande que su presencia en el mainstream.
La segunda jornada comenzó con Dënver, el dúo chileno proveniente de San Felipe y uno de los nombres fundamentales de la escena independiente nacional. Su inclusión en el cartel no se sintió como una concesión local dentro de una programación dominada por artistas internacionales, sino como una decisión coherente con la propia historia del festival. Dënver pertenece a ese grupo de proyectos que ayudaron a ampliar las posibilidades del pop y el indie chileno, construyendo a lo largo de una extensa trayectoria un repertorio reconocible y una identidad propia.
Su presencia, además, estableció desde temprano una conexión interesante con lo que vendría después. En Órbita podía comenzar la noche con una banda chilena que ha desarrollado su carrera en los grandes circuitos de la música y continuar con una agrupación estadounidense que ocupa un lugar similar dentro de su propia escena. Distintos países, distintas trayectorias y diferentes maneras de abordar la canción, pero una misma lógica: artistas que han conseguido construir una comunidad alrededor de su música.
Después llegó Beach Fossils, la banda de Brooklyn que se transformó en el gran encuentro de la noche. Su propuesta partió desde un lugar diferente al de las bandas de la jornada anterior: menos experimental en apariencia y mucho más concentrada en la melodía, las guitarras y esa particular mezcla de luminosidad y melancolía que ha definido buena parte de su sonido.
Con Bunny, su trabajo más reciente, Beach Fossils ha continuado desarrollando ese universo sin perder las características que los hicieron reconocibles dentro del indie estadounidense. En vivo, esa identidad apareció con claridad. Las guitarras fueron protagonistas permanentes, construyendo melodías que se cruzaban unas con otras mientras la banda avanzaba con seguridad y precisión. No hubo necesidad de exagerar la puesta en escena: el sonido y las canciones fueron suficientes.
El repertorio recorrió distintos momentos de su trayectoria y encontró algunos de sus puntos de mayor conexión en canciones como “Don’t Fade Away”, “Adversity”, “May 1st” y “Down the Line”. En ellas aparecía con especial claridad aquello que hace particular a Beach Fossils: canciones que pueden parecer ligeras en su superficie, pero que están construidas sobre una sensibilidad melódica precisa y una atención especial a las guitarras.
La banda también se mostró cercana. El agradecimiento por estar nuevamente en Santiago reforzó esa sensación de intercambio entre escenario y audiencia, mientras las canciones iban construyendo un ambiente cada vez más animado. El público estaba entregado y la energía crecía sin necesidad más que su música.
Y ahí aparece una de las virtudes de esta segunda jornada: su diferencia respecto de la primera. Si Dry Cleaning había llevado el post-punk hacia la palabra y Blonde Redhead había construido una experiencia marcada por la intensidad, la textura y la experimentación, Beach Fossils apostó por algo aparentemente más sencillo y, justamente por eso, tremendamente efectivo: una buena canción, unas guitarras reconocible y un público dispuesto a cantarla.
Dënver y Beach Fossils terminaron funcionando, así, como dos caras de una misma apuesta curatorial. Una banda chilena con una trayectoria extensa dentro de la escena independiente y una banda de Brooklyn con un recorrido propio dentro del indie estadounidense. No necesitaban sonar igual ni pertenecer a la misma generación para compartir escenario: bastaba con que ambas representaran esa idea que En Órbita parece defender desde su programación, la de poner en primer plano a artistas que han construido una identidad antes que perseguir necesariamente la masividad.
La noche todavía continuaría con la fiesta posterior, pero el show de Beach Fossils había cumplido su papel como gran encuentro musical de la jornada. Y después de dos días, En Órbita volvía a confirmar que su interés está menos en perseguir el nombre más grande que en encontrar esos proyectos capaces de generar una conexión profunda con una audiencia. En un circuito cada vez más dominado por la lógica de lo inmediato, esa elección también dice algo sobre el tipo de música y de público que el festival quiere reunir.