En Órbita ha construido su identidad alrededor de una idea que parece sencilla, pero que no siempre resulta fácil de sostener: traer a Santiago artistas que importan. No necesariamente los más grandes del mercado ni aquellos que ocupan permanentemente los escenarios de las grandes productoras, sino bandas y proyectos que han dejado una huella concreta en el indie, el rock alternativo y sus múltiples derivaciones. Su curatoría funciona precisamente en ese territorio intermedio donde la popularidad no siempre coincide con la relevancia.
Por María de la Paz Roccolano
Foto Sebastián Umaña
La primera jornada de la edición del 2026 volvió a poner esa apuesta sobre la mesa. En el Centro de Eventos Basel, en Independencia, Dinastía Moon, Dry Cleaning y Blonde Redhead trazaron tres recorridos, el primer día, alrededor de la experimentación. Una banda chilena de psicodelia instrumental, una de las propuestas más singulares del post-punk británico contemporáneo y una agrupación fundamental del rock alternativo estadounidense de las últimas décadas. Tres nombres unidos por algo que parece estar en el ADN de En Órbita: artistas que han construido un lenguaje propio antes que perseguir una fórmula.
La noche comenzó con Dinastía Moon, banda proveniente de Cartagena, que convirtió su presentación en una suerte de ritual psicodélico. Su música instrumental prescinde de la palabra para construir un paisaje propio, hecho de capas, texturas y pulsaciones que evocan la naturaleza y el desierto. Más que simplemente abrir la jornada, el grupo pareció modificar la percepción del espacio: una entrada envolvente a un festival que, desde el comienzo, proponía escuchar de la mejor manera.
Después llegó Dry Cleaning, de regreso en Chile tras su debut en el país en mayo de 2023. La banda inglesa volvió a encontrarse con un público que ya conocía su propuesta, pero que nuevamente quedó bajo el magnetismo de Florence Shaw. En un género donde la voz suele ocupar un lugar reconocible, Shaw hace otra cosa: habla, recita, corta las frases, las deja suspendidas y las vuelve a insertar en la música. El spoken word se transforma en una herramienta rítmica más.
Pero el verdadero centro de gravedad de la noche estaba reservado para Blonde Redhead.
Había una expectativa acumulada alrededor de su regreso a Chile, catorce años después de aquella primera presentación en el Teatro La Cúpula. Y cuando finalmente aparecieron en escena, quedó claro que parte de la fuerza de la banda está precisamente en aquello que resulta difícil de explicar desde una ficha técnica: la precisión con la que sus tres integrantes se escuchan.
Kazu Makino domina el escenario desde un lugar que no necesita exageraciones. Su voz conserva esa cualidad frágil y envolvente que ha sido parte fundamental de la identidad de Blonde Redhead, pero en directo adquiere una intensidad física que amplifica las canciones. Cada gesto, cada desplazamiento y cada cambio de registro parece formar parte de la interpretación. A su lado, Simone y Amedeo Pace sostienen una arquitectura musical de enorme precisión, demostrando una afinidad construida a través de décadas de trabajo compartido.
Hay algo casi intuitivo en la manera en que los tres músicos se relacionan. No se trata solamente de tocar correctamente: hay una escucha permanente, una capacidad para dejar espacio, tensar una canción, contenerla o llevarla hacia otro lugar. Esa complicidad es particularmente evidente en una banda cuya música depende tanto de las texturas y los pequeños desplazamientos como de las melodías.
Y fue precisamente ahí donde la espera del público terminó convirtiéndose en euforia. Blonde Redhead no regresó a Santiago únicamente para reproducir el recuerdo de una banda importante del indie de los noventa. Su presentación mostró que aquella búsqueda sonora continúa siendo un organismo vivo: una música capaz de moverse entre el noise, el dream pop, el shoegaze y el rock alternativo sin quedar atrapada en ninguno de ellos.
La primera jornada de En Órbita terminó, entonces, confirmando la lógica que había planteado desde el comienzo: más que reunir nombres de moda, el festival parece interesado en reunir artistas con un universo propio. Y en una escena cada vez más dominada por la lógica de lo inmediato, esa decisión curatorial también es una forma de resistencia.